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1994. Rambert: un pura sangre del fútbol. "EL GRÁFICO". Destacado

"MEMORIA EMOTIVA.

Por Redacción EG · 08 de octubre de 2019

El delantero goleador de Independiente y la Selección Nacional es hijo y sobrino de futbolistas. El delantero, que sorprende gratamente al fútbol argentino, tiene una historia para ser contada.
Sebastián Pascual Rambert es un pura sangre del fútbol. Hijo y sobrino de jugadores, casi por un acto de justicia con la genética, acaba de meterse en las páginas doradas de la historia de la Selección Nacional al convertir el primer gol de un ciclo que ambiciona volver a poner a Argentina en el primer nivel universal. Será en Francia '98, el Mundial programado para dentro de cuatro años. Justo la tierra que abandonó hace un siglo el bisabuelo para venir a hacer la América, y germinar la semilla de los tres goleadores que hasta ahora lleva entregados la familia Rambert...
Porque el Seba puede jactarse de su prosapia futbolera. Pascual, el hijo del bisabuelo que trasladó el apellido a la Argentina, pasó su infancia en un orfelinato, y acaso inspirado por el dolor de haberse sentido solo en el mundo, decidió tener una gran prole.
Se casó con doña Angélica y de esa unión nacieron seis hijos: Ramón, Ángel, Pascual, Néstor, Luis e Irene. En ese hogar proletario de la calle Cangallo, en Gerli, pleno corazón de Lanús Oeste, se iniciaba una estirpe, que parece haber llegado a su punto culminante. Con Pascualito, por supuesto. Ángel y Néstor enseguida se destacaron en los potreros de la zona. Para todos los pibes de la barra, eran Chirola y Chanana, dos de las figuritas que más roncha hacían en las polvorientas canchitas del suburbio. Ángel, o Chirola, el papá de Sebastián Pascual, cumplía la rutina habitual de un joven humilde de los años cincuenta.
Frecuentaba las veladas danzantes -como las llamaban en la época- del club Villa Modelo, las que estaban más de moda en la zona. Allí conoció a Norma Landeira, una chica que vivía en la calle Elizalde, también en Gerli. Se gustaron, y tango va, milonga viene, nació el noviazgo. Chirola ya había dado un par de vueltas por el fútbol serio.
Las divisiones inferiores en Independiente, el pase a préstamo al club Independencia de González Chávez y el regreso al club de sus amores más entrañables. Pero no había lugar para él y su zurda habilidosa. Era un tiempo de grandes jugadores que se resumía en una delantera inolvidable: Micheli, Cecconato, Bonelli, Grillo y Cruz.
Chirola no pudo encontrar su lugar bajo el sol de Avellaneda y pasó a Lanús, donde debutó el 27 de julio de 1958, frente a Boca, en la Bombonera, perdiendo 3-0.
Después de la presentación, Chirola vivió su tarde de gloria. Fue el 2 de noviembre en la vieja cancha de Lanús.
El rival fue nada menos que su amado Independiente, que se puso a ganar 3-0 en el primer tiempo. Pero el cuadro granate levantó y llegó al milagroso empate con un gol del Tanque Rojas y dos de Chirola Rambert, que los gritó como si fuera la última vez... y es que lo era. Lanús terminó en el 13° puesto en el campeonato de 1958 y Ángel apuró los ritmos de su vida. A principios del '59 viajó a Francia, la tierra de su abuelo, y arregló la incorporación al Lyon, un poderoso club de la Primera División.
Claro que no se olvidó de los sentimientos. Regresó para casarse con Norma, el 13 de julio de 1960 en la iglesia San Antonio de Gerli. El matrimonio se instaló definitivamente en Europa, donde nacieron Jacqueline (en 1962) y Lilianne (1963). Fueron trece años brillantes para el papá del Seba. En lo futbolístico y en lo humano. Siempre en su querido Lyon, donde formó una extraordinaria dupla de ataque con Néstor Combín, el mismo Negro argentino que formó parte del equipo del Milan que le ganó una bochornosa final de la Copa Intercontinental a Estudiantes de La Plata, en 1969. El Lyon de la dupla criolla ganó la Copa de Francia en 1964, al vencer al Mónaco por 2-1, en el Parque de los Príncipes de París. El general Charles de Gaulle, presidente y mito, le entregó el trofeo al goleador y capitán del equipo ganador. Que no era otro que el Chirola Rambert. El papá de Pascualito, quien al año siguiente se elevó prácticamente a la estatura de un héroe nacional francés. Fue en un capítulo especialmente dramático de las eliminatorias para el Mundial '66. Cuando el grito de Allez la France! casi desesperaba, conmoviendo con su angustia hasta los cimientos del viejo templo futbolero del Bosque de Boulogne, apareció el muchacho de Gerli para hacer delirar a los 50.000 fanáticos reunidos para presenciar el decisivo partido con Yugoslavia. Ángel Rambert hizo el gol de la victoria que permitió la clasificación para el Mundial de Inglaterra. Mientras tanto, en Buenos Aires, el tío del Seba, llamado Néstor y apodado el Chanana, continuaba su carrera. Había debutado en 1962 en la Primera de Independiente, para después pasar por Chacarita Juniors y el Racing Club. En 1972, una vez terminada su campaña en el Lyon, Ángel Rambert decidió el regreso a la Argentina. Resulta fácil imaginarse la propuesta de Chirola a la patrona: "Sería lindo tener un hijo varón, ahora que las nenas ya están grandes..."
Iba a ser morocho y argentino, aspirante a Rey de París en el '98. Pero no aceleremos los latidos de esta historia... La familia Rambert se instaló en la misma casa en la que hoy Pascualito sigue viviendo, junto a su mamá Norma y su tía Haydée. Está ubicada en la calle Liniers, importante arteria de la populosa Bernal Oeste. Poco después de retornados de Francia, Norma quedó embarazada por tercera vez. Sebastián Pascual Rambert nació el 30 de enero de 1974 en la Clínica 25 de Mayo, de Bernal, a las nueve menos cuarto de la mañana. Sus cinco hijos le habían dado al viejo Pascual diez nietos, ¡pero todas mujeres! Con el nacimiento del Seba llegaron a once. Se completó el equipo, pero Chirola y el Chanana respiraron tranquilos: supieron que el legado futbolero que les corría por las venas ya -ipor fin!- tenía destinatario. El Seba creció casi con el destino marcado. De muy chico, don Ángel lo encaminó por los senderos del fútbol. Hizo la primaria en el Colegio San Felipe, de Quilmes. La secundaria la repartió entre el Comercial Número 2, donde conoció al Betito Carranza, y la escuela ENCA, de Avellaneda, donde finalmente se recibió de Perito Mercantil. Pero el fútbol estuvo siempre. Arrancó en Amor y Lucha, de Gerli, jugando con el Negro Galván, el mismo que ahora está en la Primera de Racing, y Gustavo Adrián López, quien desde allí se transformaría en su inseparable compañero de travesuras, dentro y fuera de la cancha. Era tan buena la dupla Rambert-Lopecito, que jugaban al mismo tiempo en dos ligas. En la de FADI con los colores azul-grana de Amor y Lucha. En la Policial para Brisas de Primavera de Valentín Alsina, el equipo de baby en el que surgió Gustavo.
Ineludiblemente, los dos terminaron en Independiente. Llevados de la mano por don Ángel (quien falleció víctima de un cáncer, en 1984) con apenas un día de diferencia. Gustavo fue un martes, y quedó. El Seba, quien había tenido un examen en el colegio el día anterior, fue el miércoles. Y también quedó. No hizo falta que entrara a tallar el escudo heráldico de la familia Rambert para que Pascualito pasara la prueba: lo incorporaron inmediatamente. Fue destinado a la misma categoría de su amigo Gustavo. La de la clase '73, aunque el Seba tuviera un año menos. Allí se inició el ascenso, división por división. Aunque todavía seguía despuntando el vicio en las canchitas de baby. La rompía inalterablemente, por eso los delegados se peleaban por sus goles. Jugaba en Cervecería Quilmes (en cancha de tierra y con equipos de ocho chicos) y al mismo tiempo en Rivadavia, un club del Triángulo de Bernal. En los dos cuadritos tiraba paredes con Huguito Morales, el pibe que ahora juega en Huracán. Además, estaba Independiente. Allí lo fueron moldeando en su meteórica subida. Primero Raúl Armando Savoy; después el petiso Mura, quien jugó con su tío Néstor en la Primera de Independiente; y luego Héctor Zerrillo. Pasaron la séptima, la sexta... Llegó el brusco salto a la cuarta, de donde lo rescató el Manija Hugo José Saggioratto, quien era ayudante de Ricardo Enrique Bochini. El Bocha dirigía a la Primera y andaba en la búsqueda de pibes con talento. Por eso hizo armar una Selección con las mejores promesas de la cantera roja. El Seba la rompió en una práctica contra los profesionales y se le metió en el ojo al Maestro de Zárate. Así, Rambert debutó en tercera a los 17 años, contra Vélez Sarsfield. Poco después lo llamaron de urgencia para hacer con la Primera la pretemporada del '92, en Necochea. Debutó oficialmente el 10 de abril de 1992, un viernes lluvioso, en un partido televisado en el que Independiente empató 2-2 con Vélez. Ricardo Elbio Pavoni, técnico interino por entonces, lo incluyó a los 57 minutos por el lesionado Gustavito López. Se juntaron en un beso, cuando uno salía maltrecho y el otro entraba, temblando por la ansiedad, bajo el agua bendita de Liniers...
Esa misma noche se casó su hermana Lilianne, pero el Seba no pudo estar presente en la ceremonia: tenía que debutar... Después de la noche del deslumbramiento, sobrevinieron los sube y baja de toda joven trayectoria. Pasó furtivamente Nito Osvaldo Veiga como entrenador y llegó Jorge Pedro Marchetta. Noches sin lunas ni soles para Pascualito, quien no jugaba seguido. Pero mejor leer su propia versión. Al fin y al cabo ésta es su historia: "Siempre tuve una buena relación con Marchetta. Nunca le fui a pedir explicaciones sobre por qué no me ponía. Creo que él no me consideraba físicamente preparado para jugar en la Primera y a lo mejor tenía razón. Tanto que me anoté en un gimnasio por cuenta propia y allí mi cuerpo comenzó a evolucionar. También me ayudó la dieta que me preparó una doctora, basada en un complejo vitamínico, para subir de peso y alimentarme mejor."
Se acercaba su hora señalada: 1994, el llamado Año Rojo, que arrancó con Miguel Ángel Brindisi sentado en el banco. Rambert tampoco era titular. Salía de suplente del uruguayo Daniel Vidal, hasta, que llegó su explosión personal. Pero antes las siguió pasando duras. Tanto, que doña Norma, la mamá, dejó de ir a verlo a la cancha, porque sufría demasiado cuando le tocaba entrar al Seby -como le dice ella- sólo unos pocos minutos y la gente le gritaba. "Es cierto que la hinchada me resistía, pero las circunstancias tampoco eran las mejores. Entraba faltando poco, y cuando el técnico manda a un delantero a la cancha es porque las cosas no vienen bien para el equipo. Aparte yo no estaba bien anímicamente en aquellos momentos y ése era otro factor negativo que se sumaba".
Pero Miguelito fue trabajando para que ese diamante en bruto se transformara en esta esplendorosa realidad que hoy disfruta el fútbol argentino. Habló mucho con él, se interesó por cómo era su vida familiar, le infló la moral y lo metió en el ruedo en el instante justo. Cuando el Clausura '94 entraba en la recta final e Independiente libraba un duelo cara a cara con Huracán, buscando el título... Que llegó mansito hasta las vitrinas rojas aquel glorioso domingo 28 de agosto de 1994, con el 4-0 brutal estampado en las redes de Marcos Gutiérrez. El primero, el más importante, el que abrió los grifos del delirio, fue del Seba Rambert, quien desde ahí largó su escalada irresistible.

 

Sebastián Pascual Rambert posa en una producción fotográfica de El Gráfico con la casaca de Independiente

Enseguida llegó la Supercopa, esa asignatura pendiente para el club que le marcó la vida, que pendulaba como una loca obsesión por las mentes del Pueblo Rojo. Las funciones de gala en Avellaneda, contra el Santos, el Gremio y el Cruzeiro sirvieron para plantársele a Boca en la primera Final, en la Bombonera. La misma que pisó papá Chirola, en aquel duro debut, con 3-0 abajo y baile incluido. La historia amenazó con repetirse 36 años después, cuando ese Boca incontenible del primer tiempo amagó con golear a Independiente. Pero allí apareció Pascualito, para ponerle la cabeza a un exacto centro del Luli Ríos y colocar el 1-1 que dejó la definición pen-diente para seis días más tarde, en la Caldera del Diablo.
Llegó el miércoles 9 de noviembre, otra fecha liminar para el rojo calendario. Independiente Campeón de la Supercopa. Golazo de Pascualito, quien se la picó al Mono Navarro Montoya en el arco de las vías, antes de salir gritando su exultante felicidad. Haciendo el Avión, ese particular festejo que adoptó desde que se lo vio hacer a los jugadores del Palmeiras, en un puzzle festejero especialmente preparado por la ESPN.
"Yo ya me sentía curtido para las emociones. El viernes 21 de octubre, Daniel Passarella me había citado a la Selección Nacional. Tenía mis ilusiones, pero me daba un poco de miedo, porque se estaban tirando muchos nombres. Recién cuando tuve la seguridad festejé. Pero para adentro. Los Rambert no somos gente muy expresiva que digamos…”
Con ese sustento espiritual llegó Sebastián Pascual Rambert al estadio Nacional de Santiago de Chile, el miércoles 16 de noviembre de 1994. A enfundarse en la camiseta celeste y blanca, como su padre alguna vez lo hiciera con la azul de Francia. Con sus afectos de siempre respaldándolo, a los que ahora sumó a su novia, Paula Prymazok. Con su amor por la música de Fito Páez, The Smiths, The Doors, Los Abuelos de la Nada, Virus, Andrés Calamaro y los Ratones Paranoicos. Con su Volkswagen Gol O km, que acaba de reemplazar al mismo auto, pero usado. Con sus salidas a bailar en Electric Circus, de Quilmes, una vez cada tanto, porque ahora la Selección le multiplicó los cuidados. Con su fútbol que fue, es y será lo más importante. Con ese bagaje por detrás se metió en los libros de historia. Porque a los cinco minutos del partido inaugural del ciclo Passarella, trasladó a toda la herencia genética a la cara interna de su botín derecho. Desde ese punto del tiempo y el espacio partió el chanfle perfecto, que venció sin atenuantes al arquero chileno Marcelo Ramírez. Acto seguido se refugió en sus ritos. Festejó con el Avión que ya es su marca registrada, haciendo un aterrizaje normal sobre el césped de la cancha.
"Con Chile abrimos una etapa que puede ser muy linda. Pero le pido a la gente que no se apresure, que no piense que Argentina ya tiene un gran equipo. Hay que ser mesurados y dar paso por paso. Igualmente, estoy entusiasmado. Me agrada jugar con Orteguita. Antes de la convocatoria, cuando me preguntaban con quién me gustaría jugar que ya no lo hubiera hecho, yo lo mencionaba al Burrito. Quería juntarme con Ortega en una misma delantera, porque mirándolo de afuera me encantaba. El Burrito es del equipo de los distintos, de esos que cada vez que la agarran se hace un silencio, porque todos nos quedamos esperando a ver qué es lo que inventan..."
Ahí se equivoca el Seba. Se quedan parados los demás, pero no él. Pascualito pica, exige, mete diagonales de terror para los rivales, que obligan a la habilitación de los compañeros y se va derecho para el arco, buscando el gol que lo empecina.
Rambert lleva en el entrecejo -aunque no lo publica, se lo calla y lo deglute, como mandan los códigos de su sangre-el Mundial '98. Le apunta directo al corazón de la gran cita, la parábola perfecta para que converjan todas las curvas de su destino. Sería jugar el Mundial que se le negó a papá Chirola, quien no pudo estar presente en el del '66 por una lesión en el tobillo. Sería alimentar la enorme ilusión de acceder a un palco parisino. No ya aquel del Parque de los Príncipes, en el que el general Charles de Gaulle le ofrendó la Copa de Francia a su viejo querido, ese que se fue pero aún lo guía. El sueño viaja con su trazo fino al Grand Stade de la Ciudad Luz, mucho más tarde. De 1964 a 1998... El pibe lo palpita en su casita de Bernal Oeste. A sus veinte años, es una visión borrosa, pero que lo atrae como si se tratara de una enigmática memoria del futuro.
Entre las brumas del tiempo distingue dificultosamente algunas siluetas: una alta autoridad, una Copa reluciente y un tal Rambert, quien triunfó en la tierra de la que partió su bisabuelo. Sebastián Pascual, el heredero de una vieja alcurnia de familia.

ALFREDO ALEGRE
Fotos: GERARDO HOROVITZ y ARCHIVO "EL GRAFICO"
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Modificado por última vez enMartes, 08 Octubre 2019 16:23
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